Centros de datos orbitales: ¿puede trasladarse la computación de alto consumo energético fuera de la Tierra?
La rápida expansión de la inteligencia artificial ha convertido el consumo eléctrico, la refrigeración y la disponibilidad de terrenos adecuados en cuestiones prioritarias para el sector de los centros de datos. A medida que aumentan las necesidades informáticas, investigadores y empresas tecnológicas estudian si una parte de esta infraestructura podría funcionar algún día fuera de la Tierra. Los centros de datos orbitales utilizarían energía solar, procesarían información cerca de los satélites y reducirían algunas de las presiones asociadas a las grandes instalaciones terrestres. La idea ya ha superado la fase puramente teórica: procesadores gráficos modernos han funcionado en órbita, se han lanzado nodos informáticos específicos y existen nuevas misiones experimentales programadas. Aun así, trasladar la computación a gran escala al espacio sigue siendo un reto técnico y económico excepcional. La energía solar puede estar ampliamente disponible, pero los equipos deben resistir la radiación, disipar el calor, comunicarse con la Tierra y seguir siendo útiles sin un mantenimiento físico frecuente. En 2026, la computación orbital comienza a ser viable para determinadas tareas espaciales, aunque todavía no constituye una alternativa realista a los centros de datos convencionales.
Por qué se están considerando los centros de datos orbitales
El consumo eléctrico es la principal razón por la que este asunto ha recibido una atención seria. La Agencia Internacional de la Energía informó en abril de 2026 de que el consumo mundial de electricidad de los centros de datos había aumentado aproximadamente un 17 % durante 2025, mientras que el consumo de las instalaciones centradas en inteligencia artificial creció alrededor de un 50 %. Su previsión central sitúa la demanda eléctrica total de los centros de datos en unos 485 teravatios hora en 2025 y cerca de 950 teravatios hora en 2030. Se espera que las instalaciones dedicadas a la IA representen una proporción creciente de este aumento, ya que el entrenamiento y el funcionamiento de modelos avanzados requieren grupos densos de procesadores que trabajan de forma continua. Las mejoras en la eficiencia de los chips reducen la energía necesaria para tareas concretas, pero estos avances se ven compensados por un mayor uso de la IA, modelos más grandes y aplicaciones más exigentes, como la generación de vídeo, los agentes automatizados y las simulaciones científicas.
Los centros de datos terrestres también generan una demanda concentrada sobre las infraestructuras locales. Una gran instalación puede necesitar una nueva conexión a la red eléctrica, subestaciones, sistemas de respaldo y acceso constante a una cantidad considerable de electricidad. En algunas regiones, los proyectos se retrasan porque los transformadores, los equipos de transmisión y la capacidad de generación no pueden suministrarse con suficiente rapidez. La refrigeración plantea otra preocupación. No todos los centros de datos consumen grandes cantidades de agua, ya que algunos utilizan circuitos cerrados o sistemas basados en aire, pero la refrigeración evaporativa continúa siendo habitual en climas adecuados. Por tanto, las autoridades locales deben equilibrar los nuevos proyectos informáticos con las necesidades de viviendas, industrias, agricultura y usuarios existentes. Una instalación orbital no necesitaría terrenos para edificios llenos de servidores ni una conexión a una red eléctrica regional, lo que hace que el concepto resulte atractivo en lugares donde escasean las ubicaciones terrestres adecuadas.
El argumento más sólido a favor de la computación orbital no consiste únicamente en que el espacio recibe luz solar. Su principal ventaja práctica es la proximidad a la información que ya se genera fuera de la Tierra. Los satélites de observación recopilan imágenes de alta resolución, mediciones de radar, datos meteorológicos y señales procedentes de instrumentos científicos. Enviar cada archivo sin procesar a una estación terrestre puede provocar retrasos y consumir una capacidad de comunicación limitada. Un nodo informático orbital podría examinar primero la información, eliminar el material inutilizable, comprimir los archivos importantes y transmitir únicamente los resultados que necesitan los clientes. Podría identificar un incendio forestal, un vertido de petróleo, una carretera dañada, una tormenta cercana o una embarcación no autorizada sin esperar a que un archivo completo de imágenes llegue a la Tierra. Procesar los datos cerca de su origen permitiría reducir las necesidades de transmisión y acortar el tiempo entre la observación y la respuesta.
La computación orbital ya ha superado la fase teórica
Una de las demostraciones más importantes fue la del satélite Starcloud-1, lanzado en noviembre de 2025 con un procesador gráfico NVIDIA H100. El H100 fue desarrollado para trabajos de inteligencia artificial de alto rendimiento en centros de datos terrestres, por lo que su funcionamiento en órbita constituyó una prueba relevante de la capacidad del hardware informático comercial para operar dentro de una nave espacial. Starcloud afirma que el satélite ejecutó una versión de Google Gemini y entrenó el pequeño modelo lingüístico nanoGPT en diciembre de 2025. Un único procesador no constituye un gran centro de datos, y la misión tampoco demuestra que miles de procesadores conectados puedan funcionar de forma rentable en el espacio. Sin embargo, sí confirma que un acelerador utilizado en centros de datos actuales puede realizar cargas de trabajo reales de IA en órbita cuando dispone de sistemas adecuados de energía, comunicación y control térmico.
Axiom Space ha desarrollado la computación orbital tanto mediante la Estación Espacial Internacional como a través de nodos independientes. Su Data Center Unit One llegó a la estación en 2025 para probar aplicaciones de computación en la nube, inteligencia artificial, fusión de datos y ciberseguridad sin depender continuamente de sistemas terrestres. Axiom también afirma que sus dos primeros nodos orbitales específicos para centros de datos entraron correctamente en órbita terrestre baja el 11 de enero de 2026. Fueron lanzados junto con parte de la red de retransmisión óptica de Kepler Communications y están diseñados para intercambiar información con satélites compatibles mediante enlaces ópticos de alta velocidad. Estos primeros nodos son modestos en comparación con las instalaciones terrestres, pero su finalidad es más práctica que simbólica: almacenar y procesar información satelital cerca del lugar donde se genera.
Otros proyectos demuestran que este campo está atrayendo tanto a empresas tecnológicas consolidadas como a compañías especializadas en el sector espacial. Google anunció Project Suncatcher en noviembre de 2025 y describió una posible red futura de satélites alimentados con energía solar y equipados con sus procesadores Tensor Processing Unit. La empresa tiene previsto lanzar dos satélites experimentales junto con Planet a comienzos de 2027 para probar el hardware, su resistencia a la radiación y las comunicaciones entre naves espaciales. En marzo de 2026, NVIDIA presentó su módulo Space-1 Vera Rubin para inteligencia artificial orbital y afirmó que podría ofrecer hasta 25 veces más rendimiento de inferencia de IA por procesador que el H100. Estos anuncios no deben confundirse con sistemas de gran escala ya terminados, pero demuestran que se está desarrollando activamente hardware destinado específicamente a la computación intensiva en órbita.
Cómo podría funcionar un centro de datos en el espacio
Un centro de datos orbital práctico probablemente estaría formado por varios módulos independientes, en lugar de una sola nave espacial de dimensiones enormes. Cada módulo podría contener procesadores, memoria, almacenamiento, equipos de red y un circuito de refrigeración. Los paneles solares generarían electricidad, las baterías suministrarían energía durante los periodos sin luz solar directa y los radiadores liberarían el calor residual. Los equipos de guiado y propulsión mantendrían la estructura correctamente orientada y le permitirían evitar objetos conocidos. Un diseño modular también facilitaría una ampliación gradual. Los operadores podrían lanzar unidades informáticas adicionales cuando aumentara la demanda, en vez de financiar todo el sistema desde el principio. Las secciones defectuosas podrían aislarse, mientras que los módulos nuevos permitirían incorporar procesadores más eficientes sin tener que sustituir toda la instalación.
La elección de la órbita adecuada dependería del servicio ofrecido. La órbita terrestre baja permite comunicaciones con una latencia relativamente reducida y resulta más accesible que otras ubicaciones más lejanas, pero los satélites se desplazan rápidamente alrededor del planeta y pueden atravesar zonas de oscuridad varias veces al día. También encuentran una pequeña resistencia atmosférica y operan en regiones cada vez más congestionadas. Las órbitas más altas podrían ofrecer patrones diferentes de exposición solar y cobertura geográfica, aunque exigirían más energía durante el lanzamiento y dificultarían el mantenimiento. Un nodo informático diseñado para trabajar con satélites de observación terrestre probablemente permanecería cerca de sus usuarios en una órbita baja. Una futura instalación destinada a misiones lunares o investigaciones en el espacio profundo podría situarse en otro lugar para reducir su dependencia de las comunicaciones con la Tierra.
El software tendría que distribuir las tareas entre equipos orbitales y terrestres. Enviar todas las bases de datos comerciales al espacio sería ineficiente, ya que trasladar grandes cantidades de información requiere tiempo, energía y una capacidad de comunicación costosa. Sería más razonable conservar en la Tierra los datos empresariales y de consumo consultados con frecuencia, y asignar tareas especializadas a los procesadores orbitales. Un satélite podría enviar imágenes sin procesar a un nodo informático cercano, recibir un análisis y transmitir a tierra un informe compacto. Los trabajos más exigentes podrían dividirse, completando el procesamiento inicial en órbita y realizando los análisis más profundos en instalaciones terrestres. Este enfoque combinado aprovecharía la principal fortaleza de la computación orbital —su proximidad a los sensores espaciales— sin asumir que todas las fases de un servicio digital deben realizarse fuera de la Tierra.
La energía, la refrigeración y las comunicaciones siguen siendo difíciles
La energía solar es abundante en órbita, pero recoger una cantidad suficiente requiere estructuras grandes y resistentes. Los paneles deben generar electricidad para los procesadores, el almacenamiento, las redes, las bombas, los equipos de navegación y los sistemas de comunicación. También pueden ser necesarias baterías cuando la nave atraviesa la sombra de la Tierra. Una mayor capacidad informática exige paneles solares más extensos, mientras que cualquier incremento de la masa total eleva el coste del lanzamiento. Los paneles pierden rendimiento gradualmente debido a la radiación y a las condiciones espaciales, por lo que el diseño inicial debe incluir capacidad adicional. Además, el sistema tiene que mantener una orientación precisa: los paneles solares necesitan una exposición adecuada, los equipos de comunicación deben conservar enlaces estables y los radiadores tienen que liberar calor sin recibir demasiada energía solar.
La refrigeración suele interpretarse de manera incorrecta cuando se habla de centros de datos espaciales. El espacio es extremadamente frío, pero el vacío no contiene aire en movimiento capaz de transportar el calor lejos de los componentes electrónicos. Casi toda la electricidad utilizada por un procesador acaba convirtiéndose en calor, que primero debe transferirse a un líquido o a una estructura sólida. Después puede liberarse en forma de radiación infrarroja mediante grandes superficies exteriores. Cuanta más electricidad consume un centro de datos, mayor suele ser el área necesaria para sus radiadores. Por tanto, una instalación que funcionara a escala de megavatios podría necesitar amplias estructuras de refrigeración además de los paneles solares. Los radiadores tendrían que ser suficientemente ligeros para su lanzamiento, resistentes para soportar el despliegue y capaces de tolerar impactos de pequeños fragmentos que no pueden rastrearse desde la Tierra.
La capacidad de comunicación determina qué cargas de trabajo tienen sentido en órbita. Los enlaces de radio son fiables para muchos servicios satelitales, pero los sistemas informáticos de gran tamaño necesitarían conexiones mucho más rápidas. Las comunicaciones ópticas utilizan haces láser estrechos y pueden transmitir grandes cantidades de información entre naves compatibles. También exigen una orientación extremadamente precisa, porque tanto el emisor como el receptor se desplazan a velocidad orbital. Las comunicaciones con tierra pueden verse interrumpidas por las nubes, las condiciones atmosféricas o la visibilidad limitada de cada estación. Una red más amplia de estaciones terrestres y satélites repetidores puede reducir estas interrupciones, pero también aumenta los costes y la complejidad. Por ello, la computación orbital resulta más eficiente cuando puede convertir una entrada de datos muy grande en un resultado mucho más pequeño y útil antes de transmitirlo.

La viabilidad económica y medioambiental de la computación orbital
El coste de los lanzamientos es uno de los principales obstáculos. Cada procesador debe ir acompañado de estructuras protectoras, paneles solares, radiadores, equipos de comunicación y sistemas de propulsión o guiado. El coste del hardware informático puede representar solo una parte del presupuesto total de la misión. Los cohetes reutilizables han reducido el precio del acceso a la órbita terrestre baja, pero un centro de datos de tamaño considerable seguiría necesitando varios lanzamientos y posiblemente trabajos de ensamblaje después del despliegue. Los operadores terrestres pueden transportar nuevos servidores por carretera, sustituir piezas defectuosas con rapidez y actualizar sus equipos cuando aparece una generación más eficiente. Los operadores orbitales tendrían que planificar las misiones de sustitución con meses o años de antelación, y una nave costosa podría quedar comercialmente obsoleta antes de alcanzar el final de su vida útil mecánica.
Los beneficios medioambientales son posibles, pero no pueden darse por sentados únicamente por el uso de energía solar. Una instalación orbital no necesitaría electricidad procedente de una red local y podría evitar el consumo directo de agua dulce asociado a la refrigeración evaporativa. También ocuparía menos terreno en la Tierra. Sin embargo, una comparación fiable debe incluir la fabricación de cohetes, el combustible, las emisiones de los lanzamientos, las estaciones terrestres, los vuelos de sustitución y la producción de grandes estructuras orbitales. El estudio europeo de viabilidad ASCEND, publicado en 2024 y financiado mediante Horizon Europe, determinó que los centros de datos espaciales podrían contribuir a reducir las emisiones únicamente bajo condiciones exigentes. Su evaluación indicó que sería necesario un vehículo de lanzamiento con emisiones durante todo su ciclo de vida aproximadamente diez veces inferiores para obtener una ventaja significativa frente a instalaciones terrestres comparables.
La viabilidad comercial es mayor cuando la computación orbital ofrece un servicio que no puede prestarse con la misma eficacia desde la Tierra. El análisis rápido de imágenes satelitales, el funcionamiento autónomo de naves espaciales, la vigilancia del clima espacial, el almacenamiento protegido para misiones y el apoyo a la exploración lunar son ejemplos creíbles. Vender capacidad informática ordinaria a clientes terrestres resulta menos convincente, porque los operadores tendrían que transmitir grandes volúmenes de información en ambas direcciones y pagar los costes del lanzamiento y de los equipos especializados. Los centros de datos terrestres también continúan mejorando mediante procesadores más eficientes, electricidad renovable, refrigeración líquida y un mejor aprovechamiento de la capacidad disponible en las redes. Por tanto, los sistemas orbitales deberán competir con tecnologías terrestres que seguirán evolucionando.
Qué puede esperarse de forma realista entre 2026 y 2035
Durante el resto de la década de 2020, el desarrollo probablemente se centrará en nodos relativamente pequeños que realicen tareas claramente definidas. Las misiones actuales están determinando si los procesadores comerciales, el almacenamiento de estado sólido y los equipos de comunicación óptica pueden funcionar de manera fiable durante periodos prolongados en órbita. El experimento previsto por Google para 2027 debería aportar más información sobre los efectos de la radiación y los enlaces entre satélites informáticos. Axiom Space pretende aumentar el número y la capacidad de sus nodos, mientras que Starcloud trabaja en sistemas más grandes después de su demostración con el H100. Estos proyectos podrían comenzar a atender a clientes de los sectores de observación, investigación, comunicaciones y administraciones públicas, pero seguirán siendo mucho más pequeños que los mayores centros de datos construidos en la Tierra.
Los grupos orbitales de mayor tamaño podrían ser posibles a comienzos de la década de 2030 si varias condiciones mejoran al mismo tiempo. Los precios de los lanzamientos tendrían que disminuir, las naves deberían alcanzar vidas útiles más largas, las redes ópticas necesitarían una cobertura más amplia y los sistemas automatizados de mantenimiento tendrían que demostrar su fiabilidad. Los sistemas térmicos también deberán confirmar que pueden eliminar el calor generado por grupos densos de procesadores sin crear estructuras demasiado grandes o pesadas para resultar rentables. La construcción modular ofrece una vía razonable, ya que las unidades individuales podrían añadirse, sustituirse o trasladarse sin poner en riesgo toda la inversión. Incluso en condiciones favorables, los primeros sistemas de mayor tamaño probablemente atenderán a clientes relacionados con actividades espaciales, en lugar de competir directamente por servicios habituales de oficina, retransmisión de contenidos, comercio electrónico o solicitudes de IA para consumidores.
Por tanto, los centros de datos orbitales deben considerarse una nueva categoría de infraestructura espacial, no una solución inmediata para todos los problemas energéticos generados por la inteligencia artificial. Pueden procesar información cerca de los satélites, reducir transmisiones innecesarias y apoyar misiones que deben funcionar con un contacto limitado con la Tierra. Su capacidad para aliviar la presión sobre la electricidad y el agua en tierra dependerá de las emisiones de los lanzamientos, la vida útil de los equipos y la escala real que lleguen a alcanzar. Para 2035, la computación orbital podría convertirse en una parte valiosa de las redes satelitales y las operaciones científicas, mientras que los centros de datos convencionales seguirán gestionando la mayor parte de la actividad digital mundial. La prueba decisiva no será si es posible lanzar procesadores potentes, porque eso ya se ha demostrado, sino si los sistemas completos pueden realizar trabajos útiles de forma fiable y rentable durante muchos años.